Margarita

Hace dos semanas tuve mis controles y el médico me dijo que volviera en mayo. Solo alguien que pasó por lo mismo puede entender mi felicidad al pensar un verano sin la tensión que implican consultas y estudios.


Tuve cáncer de mama en diciembre de 2017. Operación y tratamiento de rayos. En diciembre de 2019 se repitió el mismo tipo de cáncer en el mismo lugar. Operación y rayos otra vez. En ambas ocasiones no lo hubieran detectado si no fuera por mamografías de control (LOS CONTROLES SON INDISPENSABLES, NO LOS POSTERGUEN)


Y aquí estoy, feliz de tener estos seis meses de tranquilidad, un verano libre de preocupación. Porque tengo muchas otras cosas de qué preocuparme pero nada ocupa tanto espacio en mi mente como la sombra del cáncer. Hay que valorar estar sana. Es lo único que importa. Con lo demás se lucha, se pelea, se cambia, se trabaja… pero el cáncer nos plantea un futuro incierto, donde solo queremos librarnos de él.


El cáncer tiene dos cosas inquietantes. Primero es que te sentís muy sana hasta que te haces un control y te dicen que estás enferma. Inexplicable. Es un enorme trabajo volver a confiar en tu sensación de salud.


La segunda es que no sabes por qué te enfermas. Es la pregunta inevitable. Hice un listado de lo que dice la gente y los libros y los opinólogos y hay más de treinta razones por las que me puede haber tocado a mí. Genética, tristeza, enojos, dolores, ausencias, crisis, duelos, estrés, alimentación, etc etc etc.


¿Alguna prueba? ¡Ninguna! Solamente palabras que nos hacen sentir que nos enfermamos por algo que nosotras mismas hacemos.


Mi abuela murió a los 83 años. Tenía cáncer de mama, y cuando lo descubrieron ya estaba extendido a sus huesos. Nadie en esos tiempos pensó que ella se había enfermado por algo más que porque algunas células se multiplicaron mal. Nadie asoció el cáncer con ninguna de las cosas buenas o malas que le pasaron en la vida. ¿No era más fácil así?


¿Encima de operación y tratamientos tengo que pensar qué hice o dejé de hacer para enfermarme?


La búsqueda de sentido a veces no tiene sentido. Y no es un juego de palabras. Si alguien puede demostrarme científicamente que el cáncer se evita gritando, corriendo, cantando, o comiendo pasto, lo que sea, estoy dispuesta a escuchar.


Pero creo que simplemente, nos tocó. Fue la manera en la que nuestro cuerpo se manifestó y pienso que no ayuda sentirnos culpables.


Antes del cáncer era una persona normal, con una familia de origen amorosa y complicada como todas, una pareja que es un sol, tres hijos amadísimos, un trabajo que me encanta y que me permite vivir y expresarme. Siempre supe disfrutar de la vida, amar y agradecer.


Después del cáncer soy la misma. Solo tengo una cicatriz en la mama derecha que duele a veces como otro corazón. Sigo disfrutando la vida. Sé amar y agradecer.


Me tranquiliza liberarme de la culpa de haberme enfermado. Y liberar a los demás. Nadie se enferma a sí misma. Nadie puede hacerle a otro algo que le genere un cáncer. Al menos hasta que la ciencia me demuestre lo contrario.


Vivir mejor, cuidar nuestro cuerpo y nuestra mente es un objetivo que todos tenemos que lograr. Con cáncer o sin él.


Elegí este 3 de diciembre para dar mi testimonio porque la Fundación Proyecto Mujer me ha ayudado mucho. Con sus excelentes profesionales que escuchan a la paciente que muestra esa teta tan lastimada. Que miran la persona que hay ahí y la ayudan a sobrellevar momentos difíciles. Con sus vivos en Instagram me han acompañado todo este año, infinitos aportes de cómo llevar los distintos aspectos de la enfermedad, siempre con profesionalismo y una sonrisa. Con los testimonios de tantas mujeres valientes que trasmiten fuerza y esperanza.


GRACIAS DOCTORAS. GRACIAS.


ES MUCHO TENER UN LUGAR DONDE ESTAR JUNTAS.


PORQUE JUNTAS … PODEMOS ATRAVESARLO MEJOR.




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